Ocho hombres parten para buscar a uno solo. Es una cuenta que no sale, y la película que la pone en escena no intenta que salga. Durante décadas, el cine bélico resolvía este problema con un discurso: alguien se subía a una caja, daba un sentido a las pérdidas, y el espectador podía mirar el resto sabiendo para qué servía. En las diez películas de esta colección ese discurso no llega nunca. El primer volumen le quita a la guerra la gloria y el sentido, y mide qué queda de un hombre cuando esos consuelos no están. El segundo se coloca en el lugar equivocado — el enemigo, el fugitivo, el industrial que hace dinero con la guerra, una retirada — y descubre que es el único desde el que se ve todo. Es el material más difícil que maneja el cine, y las lecciones son las más severas: la sobriedad como técnica y no como pudor, el grupo que debe seguir siendo distinguible bajo el fuego, la violencia que se recibe en lugar de admirarse.