El mito del Oeste lo construyó el cine, y fue el cine el primero en llevarlo a juicio. Las diez películas de esta colección mantienen intactos el caballo, el revólver y el desierto, y giran sobre el héroe la pregunta que normalmente le tocaba al forajido. En el primer volumen, el hombre que el género había construido para tranquilizar es agrandado hasta que se le ve el fondo, abandonado por sus conciudadanos, descubierto racista y seguido de todos modos, reducido a un código que ya no compra nada, sustituido al fin por una muchacha de catorce años. En el segundo, el Oeste ya ha terminado cuando empieza la película, y cada uno elige cómo despedirse: con el funeral solemne, con la sonrisa, con el juicio, con el remordimiento, o llevando la gramática del género adonde nunca había ido. Aquí se aprende la economía del relato: la geografía como estructura, el antecedente retenido, el silencio que trabaja, el tono como elección ética.